Carlos Menem, un caudillo conservador, empañó el liberalismo


Hizo bien en tratar de abrir la economía argentina, pero se equivocó al permitir que prospere el amiguismo


EN BUENOS AIRES en 1997 Carlos Menem fue anfitrión de un “Davos” regional de tipos de negocios internacionales. Con una aburrida recepción vespertina en marcha, el presidente de Argentina entró, con las mejillas brillantes y los ojos centelleantes, repartiendo abrazos de oso, actrices detrás. Su columnista sintió una sacudida de electricidad política recorriendo los trajes reunidos. Tan desacreditado estaba Menem cuando murió, a los 90 años, el 14 de febrero, que es difícil recordar que una vez fue aclamado como un visionario económico latinoamericano.

Al asumir el cargo en 1989 en medio de una hiperinflación, rápidamente comprendió que los argentinos querían estabilidad de precios y orden económico por encima de todo. Rompió el programa populista por el que había sido elegido y las doctrinas económicas estatistas de su movimiento peronista, e implementó lo que llamó “cirugía mayor sin anestesia”. Domingo Cavallo, su ministro de Economía, impuso la “convertibilidad”, una ley según la cual el peso se fijaba a la par del dólar y la oferta de pesos se limitaba a las reservas de divisas del Banco Central. Habiendo persuadido al Congreso para que le concediera amplios poderes, Menem redujo drásticamente los aranceles de importación, los subsidios y las restricciones a la inversión extranjera, y privatizó cientos de empresas estatales, desde los ferrocarriles hasta la compañía petrolera.

Al principio funcionó. La inflación se disipó, el capital extranjero entró a raudales y la economía rugió. Menem disfrutaba de su popularidad. Habiendo cambiado la constitución para permitir la reelección, ganó fácilmente un segundo mandato en 1995. Pero el desempleo también aumentó. Bajo la convertibilidad, Menem había renunciado a la libertad monetaria y cambiaria. Cuando el capital extranjero salió de los mercados emergentes, Argentina sufrió una recesión que culminó con un colapso financiero en 2001-02. En lo que hasta la década de 1970 había sido una sociedad de clase media, la tasa de pobreza se disparó al 56% y el desempleo al 21%. El Sr. Menem entregó la atención médica y la educación a los gobiernos provinciales sin darles más recursos. Argentina adquirió desigualdades sociales latinoamericanas.

No todo esto fue culpa del Sr. Menem, pero sí mucho. Su legado perdurable fue un récord tan notorio que interrumpió la discusión racional sobre la política económica en América Latina durante una generación. Él y su Argentina fueron marcados indeleblemente como esclavos “neoliberales” del “consenso de Washington”. Por extensión, el liberalismo y la economía capitalista estaban condenados.

Esta hoja de cargos se basó en una falta de definición de la identidad política. El peronismo es una alianza entre los sindicatos y el caudillos del norte atrasado, hombres como el señor Menem, que fue gobernador de la provincia de La Rioja. Su piedra angular, la convertibilidad, dividió a los liberales económicos: algunos lo consideraron necesario en un país con un pasado hiperinflacionario; otros lo vieron como una política conservadora, similar al patrón oro. Ciertamente violó un principio del “consenso de Washington”, que pedía un tipo de cambio competitivo para estimular las exportaciones. El peso fijo de la convertibilidad se sobrevaluó rápidamente, por lo que la apertura comercial mató a algunas empresas manufactureras potencialmente viables.

El propio Menem socavó la convertibilidad al acumular deuda externa para gastar en clientelismo político en la búsqueda de un tercer mandato inconstitucional. En su lugar, debería haber ayudado a los desempleados con el reciclaje y las obras públicas. En muchos casos, sus privatizaciones crearon monopolios o recompensaron a sus compinches. Abolió algunos privilegios económicos solo para crear otros. Estos errores contribuyeron mucho a desacreditar la privatización, la desregulación y la apertura económica. Su subsiguiente carencia es una de las razones por las que América Latina apenas ha crecido económicamente durante los últimos siete años. La audacia de sus reformas sería bienvenida, por ejemplo, en el Brasil de hoy.

Se ha olvidado el lío en el que se encontraba la economía proteccionista y estatista de Argentina cuando Menem asumió el mando. En los ministerios, máquinas de escribir rotas (sí), inodoros y ascensores languidecían sin reparar; las empresas estatales perdieron el 6% del PIB al año; sólo funcionaba la mitad de las locomotoras de los ferrocarriles estatales; las empresas contrataban personal cuyo único trabajo era sostener un auricular durante horas para obtener una línea.

El Sr. Menem era un demócrata; fue encarcelado brevemente por una dictadura en 1976. Pero era antiliberal. Abarrotó la Corte Suprema y el tribunal de cuentas. En su círculo íntimo florecieron el tráfico de influencias, la corrupción y los vínculos con el crimen organizado. Durante su presidencia, la política se fusionó con la farándula (el extremo más vulgar del mundo del espectáculo). Cuando la economía se hundió, el brillo se convirtió en una burla. Este fue el fracaso de Menem, no del liberalismo.



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